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Combatir el sobrepeso infantil

Decir que los niños tienen sobrepeso porque no se mueven es falso e injusto, y sin embargo es el mensaje que durante años están lanzando las autoridades político-sanitarias y la industria alimentaria. Lo que sucede es que no se mueven lo suficiente porque tienen sobrepeso. No es justo esperar que los niños soporten la poderosa atracción que ejercen los productos repletos de azúcar y grasas, publicitados por todos los medios por ávidos expertos, y que invaden literalmente el espacio público y privado. Por todo ello, en este libro describo las sutiles trampas psicológicas que la poderosa industria alimentaria emplea en su publicidad y cómo diseña las estrategias de muchos programas de prevención (con la interesada connivencia de las políticas sanitarias), del problema que ella misma ha contribuido a crear. Margaret Chan, directora de la OMS y Julio Basulto, un gran dietista , lo exponen claramente en el siguiente enlace.

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“Pobres Niños Gordos”

 

 

 

obesidad infantil film brasileño

                                                 Fuente: Captura de pantalla del film “Más allá del peso” de MªFarinha

 

Hace unos meses os traduje una carta de una pediatra australiana que hablaba sobre su consulta de niños con sobrepeso excesivo y los serios problemas médicos que debían afrontar en común, explicando las dificultades con las que se encontraba, incluso dentro del propio estamento médico de su hospital.

En esta ocasión, he traducido un artículo algo más largo sobre este tema, escrito maravillosamente bien por dos filósofos que están trabajando en la Universidad de Salzburgo. Atentamente, su editorial y los mismos autores, me han concedido el permiso necesario para poder dar al trabajo la difusión que se merece, a todo el público de habla hispana.

El título original es : “Poor Fat Kids”: Social Justice at the Intersection of Obesity and Poverty in                                                      Childhood

( “Pobres niños gordos”: Justicia social ante la intersección de la obesidad y la pobreza en la infancia)

y los autores son:  Gunter Graf (Gunter.Graf@sbg.ac.at) y Gottfried Schweiger (Gottfried.Schweiger@sbg.ac.at) de la Universidad de Salzburgo. La editorial de la revista es:  DILEMATA, año 8 (2016), nº 21, 53-70. El original, en lengua inglesa, lo tenéis en esta dirección  https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5506557.pdf

 

 

“POBRES NIÑOS GORDOS”:    JUSTICIA SOCIAL EN LA INTERSECCIÓN DE LA OBESIDAD Y LA POBREZA EN LA INFANCIA

 

Resumen:

La obesidad y la pobreza en la infancia son dos fenómenos ampliamente estudiados y a pesar de datos contradictorios o ambiguos, algunos hallazgos no dejan lugar a dudas: ambos fenómenos vienen acompañados de diversos padecimientos de tipo mental, físico y social, y tienen, por tanto, efectos negativos sobre el bienestar de los niños, cruzándose con cuestiones de género, clase social y origen étnico.

En este artículo analizamos la obesidad y la pobreza infantil desde una perspectiva filosófica sobre la Justicia Social, la cual ha desatendido, en gran medida, el tema hasta ahora. Mostraremos cómo obesidad y pobreza comprometen la justicia social y defenderemos que existe una obligación de realizar cambios estructurales para ayudar a los niños afectados y sus familias. No obstante, también dejaremos claro que este tipo de intervenciones no deben realizarse de acuerdo a la ideología neoliberal actual de apología de la forma física y la salud, y el limitado individualismo asociado a esta.

Palabras-clave: Justicia social, obesidad, pobreza infantil

 

  1. Introducción

La epidemia de obesidad es presentada en la actualidad como uno de los problemas de salud pública  del siglo 21, problema que debe de ser combatido  por todos los medios (Wright;  Harwood  2009). Especialmente los niños, y junto con ellos también sus madres, son los objetivos de múltiples campañas, intervenciones, programas y políticas para reducir su peso corporal, tengan una vida saludable y estén en forma (Flynn et al. 2006).

La mayor parte de estas medidas se centran en la responsabilidad del individuo y lo que debe de hacer  (más ejercicio y tener hábitos alimenticios saludables), y con frecuencia descuidan el amplio contexto social en el que está inmerso el individuo. Por otra parte, la normativa subyacente y la justificación para las intervenciones que se dirigen a  áreas sensibles de la vida humana como son  la autonomía corporal, la salud, la autoestima, la autonomía de los padres o la percepción de la belleza,  están poco exploradas en filosofía.

En nuestro artículo, queremos romper la visión común, excesivamente individualista, de la  obesidad,  para observarla mejor desde una perspectiva de justicia que demanda lo que la sociedad adeuda a estos niños.

Por otra parte, queremos centrarnos en la relación entre la obesidad y la pobreza en la infancia, que es un caso aún más imperioso por justicia, como deseamos mostrar en este estudio. Vamos a argumentar que, en primer lugar, la intersección de la obesidad y la pobreza en la infancia debe entenderse como una injusticia que exige cambios estructurales,  y en segundo lugar, estos cambios han de ser implementados como reacción crítica a las políticas neoliberales  que son a su vez opresivas y perjudiciales.

En la primera parte de este trabajo vamos a presentar un marco de competencias basado en la Justicia para los Niños, que reivindique  que todo niño tiene derecho a vivir y crecer en condiciones que no comprometan su bienestar actual y potencial futuro. En la segunda sección discutiremos lo que sabemos sobre pobreza infantil y obesidad,  y sus efectos en el niño a lo largo de toda su vida. Argumentaremos que la intersección de la obesidad y la pobreza en la infancia viola injustamente los derechos de los niños lo que plantea ciertas obligaciones con ellos. Los niños tienen derecho a crecer sin pobreza y en condiciones saludables. Por otra parte, explicaremos que la obesidad no puede entenderse como una decisión autónoma en la infancia, sino que depende de condiciones externas tales como el acceso a la información, educación, ejercicio y deportes, crianza y  alimentación. También llegaremos a la conclusión de que  los padres  tampoco son los únicos responsables del mantenimiento de la obesidad en sus niños,  sino que más bien la responsabilidad es política y social. En la tercera sección, vamos a discutir la bio-política de la obesidad y la pobreza infantil y los problemas de la regulación con la que se afrontan estos conceptos. Aunque estamos a favor de la adopción de medidas para ayudar a los niños a superar su obesidad, medidas que  deben de dirigirse a todo el entorno social de estos niños, somos críticos con el discurso “antigrasa” lleno de reproches, argumentado como fracaso personal y resultado de una conducta antisocial  especialmente en conjunción con la pobreza. En lugar de la individualización de la obesidad – similar a la individualización de la pobreza – hay que reconocer que se trata de un problema social que no está bajo el control de los niños ni de sus padres.

 

  1. Justicia Social para los Niños

La Justicia Social es, sin duda, uno de los conceptos clave de la filosofía política. Las discusiones acerca de su significado y alcance exactos se han vuelto muy sofisticadas, y hasta el momento han surgido diferentes teorías y escuelas que se disputan la comprensión más adecuada del concepto (Kymlicka 2001;  Bird 2006). Curiosamente, los niños no ocupan un lugar destacado  en estos discursos. Por lo general, las cuestiones de justicia son debatidas con un enfoque basado en el adulto racional y saludable, con una identidad definida  y elaborados planes de vida. Y a pesar de que ha habido provechosos intentos  para abordar  de manera explícita el problema de la justicia y de los derechos propios de los niños (Archard 2004; Archard y Macleod 2002; Adams 2008), todavía es un tema insuficientemente estudiado que necesita planteamientos más detallados y profundos.  No podemos llenar este vacío en nuestro artículo. Sin embargo, queremos esbozar,  grosso modo,  los mínimos que demanda la Justicia Social para la Infancia desde un punto de vista teórico: el enfoque  basado en el desarrollo de capacidades (Sen, 2009; Nussbaum 2011). Aunque es cierto que en los trabajos de estos dos autores, los niños y la infancia han sido tratados  superficialmente, proponemos ampliar adecuadamente el tema,  y  de hecho, ya ha habido algunos intentos valiosos para avanzar en esta dirección (Macleod 2010; Biggeri, Ballet y Comim 2011; Dixon y Nussbaum 2012). A pesar de centrarnos en  las capacidades, lo que de ningún modo queremos sugerir es que esto constituya  el único marco teórico para la adecuada conceptualización de la Justicia para los Niños. Nosotros la vemos más bien como una manera de adquirir un conocimiento básico de lo que es aceptable para la mayoría de las teorías sobre la justicia, lo que podría añadir algunos nuevos derechos y reivindicaciones. Además, centrándonos en las capacidades, la literatura científica sobre temas sociales ya se ha hecho eco de la pobreza infantil, en particular, en lo que concierne a conceptos que pueden ser medidos; esto indica que existe un atractivo interés general cuando se trata de niños, a pesar de que las alegaciones normativas correspondientes nunca han sido desarrolladas de manera exhaustiva, con todas las consecuencias teóricas que esto conlleva.

Entonces, ¿cuáles son las demandas de nuestra propuesta y  cómo hacerlas extensivas a la infancia? Probablemente,  la característica más importante de este planteamiento, es que contempla las capacidades personales —o auténticas libertades—  de adquirir  y desarrollar algunas cuestiones como la obtención de información esencial para tener asesoramiento acerca de su bienestar. Estas “cuestiones”  se denominan “convenciones humanas”, y algunas de las más frecuentemente citadas en la literatura son: “Estar bien nutridos”, “Mostrarse sin vergüenza en público”  y “Ser educado”.

Con este énfasis, sus defensores delimitan el abordaje desde otras teorías en filosofía política, que se centran, a los efectos de una evaluación social, en los recursos personales  (ingresos y riqueza,  bienes primarios), el bienestar mental (p.e. felicidad subjetiva) o los indicadores económicos  de un país (PIB, PNB) (Nussbaum 2011; Venkatapuram 2011). Ahora bien, no todos los hechos y acciones tienen la misma importancia moral y social. Tomar un baño un día caluroso de verano es, sin duda, agradable para la mayoría de la gente, pero no puede compararse, como valor para el bienestar humano, con el consumo de una medicina necesaria para tratar una enfermedad del corazón. Dentro de este planteamiento, es un tema controvertido el poder identificar las capacidades y actos funcionales más importantes (para ejercer, como hemos visto, una real libertad para lograr buenas acciones) (Crocker 2008). Sin embargo, existe razonable acuerdo en considerar  algunos de estos actos  tan importantes para la vida de cada ser humano, que es de justicia que todos tengan la posibilidad de alcanzarlos. Movilidad, vivir libre de enfermedades, tener satisfechas las necesidades nutricionales, disponer de ropa y sentirse protegido tomando parte activa en la comunidad, serían logros que toda persona tendría motivos para merecer (Sen 2004; Venkatapuram 2011; Nussbaum 2011).

Para ser claros, el enfoque general en la adquisición de capacidades es un factor lógico y razonable.  Por lo tanto, sus defensores suelen afirmar que existe un deber de justicia para asegurar, hasta cierto límite,  una amplia variedad de capacidades,  aunque finalmente dependa del individuo y de las elecciones que, de hecho, realiza. La libertad de conseguir un específico tipo de vida, de acuerdo con los valores propios, es,  probablemente,  de acuerdo con nuestro planteamiento,  el factor más importante que contribuye al bienestar de una persona madura.

¿En qué posición dejan estas premisas a los derechos de la infancia, que deben de considerarse como una cuestión de justicia?  En primer lugar, es evidente que los niños merecen, desde una perspectiva de potencialidad, la misma consideración moral que los adultos,  y todas las demás reivindicaciones con respecto a ellos deben de estar imbuidas por esta básica premisa.  Pero debido a su estatus especial, sus derechos se consideran diferentes a los de  los adultos. En primer lugar, su bienestar no está tan influenciado por su verdadera libertad para elegir el tipo de vida que consideren conveniente para ellos,  como por una amplia gama de capacidades logradas y asumidas de manera eficaz. En el caso de los niños, no es tanto su libertad para ser educado lo que cuenta, sino el hecho de recibir la educación que necesitan para garantizar un desarrollo adecuado; esto no quiere decir que sus opiniones sean totalmente ignoradas. Los niños deben de tener voz en todos los asuntos que les afecten, y sólo con su participación e inclusión en los mismos, lograrán aprender a vivir de manera autónoma; sin embargo, sería erróneo, negligente e irresponsable, darles completa autoridad en las mismas situaciones del mismo modo que se exige, generalmente, a personas adultas (Brighouse 2003). Como consecuencia de ello, y esta es la primera idea fundamental que debemos de tener en mente, se puede argumentar que los niños tienen, justamente, derecho a un cierto nivel de bienestar expresado través de sus logros y competencias funcionales.

Es un asunto complicado conocer qué funcionalidades cuentan ya que solo puede ser decidido en estrecho diálogo con la investigación empírica, pues los aspectos de  salud, seguridad, educación, sociabilidad, emotividad y  felicidad subjetiva (tanto a nivel físico como psicológico), juegan, sin duda,  un papel clave en el bienestar durante su infancia (Fernandes, Mendes, y Teixeira 2011; IRC UNICEF 2013). Si los niños no alcanzan un cierto nivel de competencia en estos terrenos, tendremos un claro indicador de que sufren situaciones desfavorables; la perspectiva de la propuesta en la asunción de competencias, es, por lo tanto, fundamental y una cuestión de justicia, propuesta en la que, como sociedad, debemos aunar esfuerzos para hacer frente a  este problema.

Pero no sólo se considera el bienestar real cuando los problemas de Justicia para los Niños se debaten. Además, hay que reconocer que los niños —generalmente— se convierten en adultos y que la calidad de su infancia tiene una enorme influencia en su futuro bienestar,  incluyendo esencialmente, como ya hemos señalado, la libertad de vivir de manera autónoma. Se debe de tener en cuenta que también es una cuestión de justicia y responsabilidad social, el hecho de que una sociedad se organice adecuadamente para que otorgue a sus hijos – en la medida de lo posible – un futuro razonablemente esperanzador cuando lleguen a la etapa en la que sea posible una autonomía genuina (Feinberg 1980; Noggle 2002). O, para decirlo de otra manera, deben de disponer de una amplia gama de posibilidades para cuando abandonen la infancia,  y estas posibilidades no solo deben de ser teóricas.  Lo que cuenta son las libertades reales y sustantivas que deben de ser factibles para cualquier persona, no solo sobre el papel, sino también en la vida real (Sen 1992; Sen 1999).

En resumen, la Justicia en la Infancia hace referencia, en este exiguo informe, tanto a la garantía de alcanzar un cierto nivel de bienestar en la infancia, como a la demanda de poder entrar en la edad adulta —con recursos propios y recursos externos— para llevar una vida próspera,  aspecto que se ha denominado “well- becoming “ (Ben-Arieh et al. 2014). Si un fenómeno social es susceptible de recibir influencias y cambiar,  no solo se ponen en peligro estos dos aspectos, sino que también estaría en peligro la existencia de una sociedad justa para los niños. Y esto es exactamente lo que queremos discutir, lo que está sucediendo con respecto a la obesidad infantil. Nosotros, por lo tanto, comentaremos ahora  diversos puntos de vista empíricos que ponen de relieve algunas de las formas del “bien-estar” (well-being) y del “buen llegar a ser” (well-becoming),  expresadas a través de sus capacidades y competencias sociales, que se ven afectadas por su obesidad.

 

  1. Obesidad y pobreza en la infancia

En este apartado pondremos nuestra atención en la relación entre la obesidad y la pobreza en la infancia, y la examinaremos dentro de nuestro marco teórico de Justicia para los Niños.

Queremos desarrollar tres puntos: en primer lugar, que la pobreza y la obesidad en la infancia se cruzan y tienen efectos adversos sobre el bienestar actual y el bienestar futuro  de esos niños; en segundo lugar, que las causas de la obesidad y la pobreza en la infancia son estructurales; y tercero, que esto desencadena ciertas obligaciones de justicia hacia las personas, los niños y sus familias.

Los efectos adversos de la obesidad en la infancia y sus causas subyacentes son temas que se están investigando desde diferentes disciplinas. Queremos distinguir tres tipos de efectos. En primer lugar, hay efectos adversos sobre la salud y el bienestar físico. Aunque todavía hay algunas incertidumbres, una parte predominante de la literatura médica sugiere que la obesidad durante la infancia aumenta el riesgo de ciertas enfermedades en la edad adulta, en especial las enfermedades cardiovasculares y metabólicas (p.e. diabetes, elevación de la presión arterial y lípidos, enfermedad isquémica del corazón y accidente cerebro-vascular), y por lo tanto conduce a un aumento de la mortalidad (Flynn et al. 2006;. Han, Lawlor, y Kimm 2010; Reilly y Kelly 2011). Destacan especialmente, como riesgo grave para la salud, el aumento de la prevalencia de la diabetes tipo 2 en niños y la perspectiva de las complicaciones macro y microvasculares asociadas. También se han encontrado, asociadas a la obesidad infantil,  deficiencias nutricionales de vitamina D y  de hierro, dolencias ortopédicas y problemas de movilidad, trastornos pulmonares, asma y los síntomas del síndrome de ovario poliquístico.

En segundo lugar, la obesidad durante la infancia tiene efectos adversos en el bienestar psicológico, mental y emocional. Los niños obesos son más a menudo víctimas de intimidación,  humillación, denigración y de la percepción negativa de los compañeros (Lumeng et al. 2010; Sgrenci y Fe 2011). Son conscientes de que su cuerpo se percibe como “feo” y ellos mismos como “perezosos”. Se ha estudiado que los niños obesos a menudo desean actuar en contra de su obesidad y alcanzar un peso y  tamaño corporal “normal”, pero no son capaces de  tener éxito, por lo que acumulan diversas experiencias de fracaso (Mériaux, Berg y Hellström 2010). La obesidad puede afectar negativamente a la autoestima y la autopercepción, y se asocia con  depresión, trastornos de ansiedad y otros problemas de salud mental (Griffiths, Parsons, y Hill 2010; Russell-Mayhew et al 2012). Estos efectos psicológicos adversos de la obesidad, que pueden reducir de manera subjetiva el bienestar, están mucho más presentes en la vida cotidiana de los niños que los riesgos para la salud mencionados anteriormente, ya que no suelen desarrollarse antes de la edad adulta. La obesidad es una enfermedad visible y, por lo tanto, también condiciona socialmente a través de la frecuente estigmatización y ridiculización que padecen los niños,  ya que no disponen de los mecanismos de adaptación necesarios para hacer frente a estas adversidades.

En tercer lugar, hay efectos adversos en la inclusión y  participación social de estos niños. Los problemas de salud que vienen con la obesidad, el estrés psicológico y el marco social de la obesidad influyen en la manera de participar en actividades sociales, y en cómo son y cómo se sienten aceptados. Algunas de las posibles consecuencias serían la exclusión y la sensación de soledad  así como la retirada voluntaria del escenario del conflicto con el fin de evitar posibles situaciones difíciles o embarazosas (Pizzi y Vroman 2013; Strauss y Pollack 2003). Como estrategia de afrontamiento o de lucha, los niños pueden construir una especie de “blindaje”  psicológico y social para evitar la victimización, optando por quedarse en casa donde uno puede tener “todo lo necesario”: videojuegos,  televisión y  alimentos; pero todo esto no haría más que aumentar el riesgo de seguir siendo obesos. Los estudios también han señalado el  impacto de la obesidad sobre la capacidad de desarrollar y mantener buenas amistades y adecuadas relaciones románticas, influyendo incluso a la hora de contraer matrimonio en la edad adulta (Alice Cheng y Landale 2011; Pearce, Boergers, y Prinstein 2002). El prejuicio generalizado contra la obesidad por considerarla el resultado de un temperamento perezoso es también relevante en el mercado laboral y en la búsqueda de empleo, teniendo las personas obesas menos oportunidades para ser contratadas o  nominadas para un puesto de supervisión. Como son consecuencias negativas de la obesidad del adulto, no hablaremos aquí de dichos efectos ya que se tratan en otros estudios (Giel et al. 2012).

Teniendo en cuenta estas consecuencias, con frecuencia, para toda la vida, la identificación de las causas subyacentes de la obesidad infantil y los métodos para prevenirla, es una necesidad urgente.

La idea  general es que los niños, al igual que los adultos, son más propensos a tener sobrepeso y obesidad cuando el nivel de prosperidad de una sociedad aumenta, lo que conduce a un acceso estable a alimentos de alto valor nutricional y una necesidad disminuida de la actividad física. Las tasas más altas, por lo tanto, de obesidad se pueden encontrar en los estados más desarrollados del mundo occidental (EE.UU., Reino Unido, Europa, Australia), donde han aumentado significativamente en la últimos veinte-treinta años. Hoy en día, más de un tercio de los niños en todos los países son obesos (Moreno Aznar, Pigeot, y Ahrens 2011). De particular interés para nuestro planteamiento es el hecho de que en las sociedades más ricas, la obesidad es más frecuente entre las niños con un estatus social más bajo y entre los que viven en la pobreza. La obesidad y la pobreza se cruzan y, como parece, se potencian entre sí , así como sus adversas  consecuencias. Si crecer en la pobreza significa tener más posibilidades de ser obeso, estamos entonces hablando de un claro hándicap contra el que estos niños deben enfrentarse, lo que hace aún más difícil para ellos hacer frente a su situación y salir de la pobreza en etapas posteriores (Jenkins y Siedler 2007). La obesidad se suma a los obstáculos con los que muchos niños de familias de bajo nivel socioeconómico ya se enfrentan: son más propensos a ser excluidos porque son pobres y porque son obesos, y son estigmatizados debido a su pobreza y su obesidad. La obesidad se desarrolla, entonces, como  indicador que señala  el cambio de una elevada posición social hacia una condición social inferior. Las razones de esta relación entre la obesidad y la pobreza en la infancia no se comprenden totalmente, pero al menos dos condiciones parecen contribuir a su unión. En primer lugar, el barrio en el que los niños pobres crecen, a menudo carece de buenas oportunidades para jugar y ser activo fuera, ya sea porque son escasos los parques infantiles, los campos deportivos o los parques, o están deteriorados o faltan por completo; o porque el entorno y el medio ambiente  se percibe como inseguro debido a la delincuencia o al tráfico pesado, motivos por los cuales los padres o los tutores evitan que los niños estén fuera (Gilliland et al. 2012; Huybrechts, Bourdeaudhuij y Henauw 2011). Los niños pobres tienen más probabilidades de crecer en ambientes generadores de obesidad,  ambientes en los que no encuentran muchas oportunidades para estar físicamente activo y, como consecuencia, desarrollan un comportamiento “propicio a la obesidad” (Wickins-Drazilova y Williams , 2011). En segundo lugar, los padres de niños con un estatus socioeconómico bajo se enfrentan a menudo con problemas personales y situaciones de angustia,  lo que hace que sea más difícil para ellos  contrarrestar el entorno “propicio a la obesidad” y los patrones de comportamiento de sus hijos. La falta de dinero para comprar alimentos más sanos, para pagar afiliaciones a clubes deportivos o adquirir una equipación , la falta de tiempo para acompañar a sus hijos  a salir y ser activo debido al elevado número de horas de trabajo,  y la falta de información sobre estilos de vida saludables, nutrición y riesgos de la obesidad, son todos ellos factores que pueden contribuir aún más a la obesidad durante la infancia (Johnson, Pratt y Wardle 2011; Wells et al. 2010). La falta de acceso a servicios de salud o una llamativa reticencia hacia el sistema público sanitario  también podría ser otro factor causal.  Otro factor importante es la persistencia intergeneracional de la obesidad: los padres obesos transmiten a sus hijos, a menudo, de manera involuntaria e inconsciente, patrones de comportamiento sostenidos por ellos mismos, como la ingesta de alimentos para aliviar el estrés o la adopción de un estilo de vida sedentario e inactivo.

Hasta ahora, el conocimiento que hemos debatido en todos los puntos anteriores nos lleva a la conclusión de que la obesidad y la pobreza en la infancia están íntimamente entrelazadas y que ambas contribuyen a la disminución del bienestar (well-being) y a tener menos posibilidades de éxito en el futuro (well-becoming). Además, parece que las preferencias y la conducta de los padres,  no son los únicos  culpables de la obesidad de sus hijos, a pesar de que representan una importante influencia. Los padres y cuidadores que viven en la pobreza tienen menos oportunidades y medios para gestionar la tarea de permanecer saludables y activos en un entorno “propicio a la obesidad”, en el que la comida rápida es barata y de fácil acceso, y el uso del coche para la movilidad y el sedentarismo están ampliamente generalizados.

La obesidad es más bien un producto social que una elección individual, un lugar común, especialmente para los niños que no están adecuadamente preparados para tener alternativas válidas si no desean crecer en un ambiente “propicio a la obesidad”, o se les impone con un estilo de vida poco saludable. Esto corrobora  nuestra afirmación de que la obesidad representa una violación de honestas reivindicaciones  que  son de justicia en estos niños. Ellos están en una posición  significativamente inferior para desarrollar y obtener las capacidades, aptitudes y competencias  a las  que tienen derecho, sobre todo para gozar de una vida saludable y para adquirir  seguridad en sí mismos y autoestima (amor propio).

Pero ¿qué sentido tiene todo esto en el diseño de una sociedad más justa, tanto para niños como para adultos? El diagnóstico de una injusticia sólo puede ser el primer paso, y exigir, además, responsabilidades involucradas y buscar intervenciones, el segundo. Habría, al menos, tres tipos de agentes implicados, que compartirían ciertas responsabilidades de acuerdo a las relaciones básicas con la situación de estos niños: los padres y familias, los propios niños  y el Estado y sus instituciones. Ya hemos tratado la influencia y las limitaciones de los padres y de las familias; seguimos ahora con  los propios niños, que tienen, de acuerdo con nuestro punto de vista, creciente capacidad de autonomía, al menos a partir de cierta edad y estado de maduración y desarrollo,  pudiendo asumir en sus vidas cierto grado de  responsabilidad por sí mismos. Es obvio que los niños de corta edad están en una posición más débil, al igual que los niños que crecen en condiciones poco ventajosas. Su verdadera responsabilidad es, en efecto,  limitada, pero sería excesivamente paternalista  discriminarlos y negar cualquier intervención  en este terreno (Hill et al. 2004).

Por último, la mayor responsabilidad recae en las manos del Estado y sus instituciones, que son las que deben gestionar y planificar  la educación, la asistencia sanitaria y otros servicios públicos, de manera que se reduzcan los ambientes obesogénicos,  y equipar a padres e hijos con los conocimientos y recursos necesarios  para contrarrestar su obesidad promoviendo comportamientos saludables.  Esto se puede obtener con diferentes medidas que aún están en debate; sin embargo, está claro que la situación particular de los niños pobres es un tema sensible que necesita más atención (Milteer, Ginsburg y Mulligan 2011; ten Have et al,  2011). Si existe una clara relación entre el entorno social y natural,  y la obesidad, tenemos entonces  una reclamación justificada para cambiar estos ambientes. La intersección entre la pobreza y la obesidad es un claro indicador de que la reducción de la pobreza y la acción de los servicios sociales dirigidos a estos aspectos pueden ser beneficiosas, sumándose a la larga lista de factores sociales externos favorables a la reducción de la pobreza y a la disminución de las desigualdades sociales. Esta es una visión más amplia que a menudo se pasa por alto en  el debate público y científico sobre la obesidad infantil, debate que se centra sobre todo en el individuo y en sus defectos.

 

  1. Regulación del cuerpo joven, pobre y obeso

Hasta el momento,  hemos argumentado que la confluencia entre la obesidad y la pobreza en la infancia, es una violación de la justicia,  que condiciona la obligación de aplicar cambios estructurales para contrarrestarla. Queremos dirigir, ahora, nuestra atención a las dificultades que se presentan a la hora de ejercer estas obligaciones, teniendo en cuenta la superestructura del capitalismo actual  y demostrar, en particular, cómo el actual discurso social y político sobre la obesidad y las medidas para contrarrestarla crean marginación y  exclusión, y que, en consecuencia, hay violaciones de la justicia que suceden en el modo en que la obesidad es percibida y regulada en las sociedades modernas occidentales. Como consecuencia de esta necesaria crítica de la biopolítica actual de la obesidad infantil (Wright y Harwood 2009), vamos a argumentar que lo  verdaderamente importante para implementar medidas contra el desarrollo de la obesidad en la infancia, de una manera reflexiva e integradora,  es que no haya interferencia de las  concepciones neoliberales para mantener un  cuerpo en forma y saludable. Existen riesgos asociados a los intentos —incluso con las mejores intenciones — de ayudar a los niños obesos, y el discurso filosófico sobre  Justicia para los Niños en sí,  no es inmune al peligro de convertirse en un socio involuntario del delito que supone la exclusión y la denigración de los niños obesos.

Lo primero a  tener en cuenta es que el discurso actual sobre la obesidad está altamente  influenciado por una noción neoliberal y libertaria del individualismo. Esto significa que la persona , como individuo,  se posiciona como el principal responsable de sus decisiones en la vida, sin considerar un contexto social, económico y político más amplio (Benforado, Hanson y Yosifon 2004; Rail, Holmes, y Murray 2010). Además, un modelo particular del cuerpo – the fit one (talla única)* – es de gran importancia para el neoliberal, cuerpo que se construye como “un atractivo escenario, como una mercancía susceptible de transformación o como un bien disponible de consumo, de importancia simbólica a nivel mundial” (Azzarito  2009, 183).

La obesidad, de acuerdo con este razonamiento, se construye como un estilo de vida personal, y la pérdida de peso, simplemente, una decisión que uno tiene que tomar, como Phillip Calvin McGraw afirma en la frase inicial de su best-seller “El peso de la solución final” (McGraw 2003). Sin embargo, no es simplemente un estilo de vida escogido sobre otras opciones. La obesidad es frecuentemente vista como un estereotipo, como una condición extremadamente negativa que se debe evitar. Esto resulta particularmente claro cuando la influencia negativa de la obesidad sobre la salud de las personas se afirma y se discute públicamente, o cuando la OMS  etiqueta actualmente a la obesidad como “enfermedad” que causa una epidemia global (WHO 2014) con inmensos y elevados costos sociales. Por lo tanto, la obesidad no sólo se describe como nociva para el individuo, sino también – y tal vez lo más importante – nociva para toda la sociedad. Para ser claros, el enfoque OMS para disminuir la obesidad no es el limitado individualismo preferido por la ideología neoliberal; lo que a menudo queda de sus mensajes en el discurso público es, sin embargo, la identificación de la obesidad como fenómeno peligroso y anormal que debe ser combatido. En efecto, los intentos para reducir el sobrepeso entre la población se han denominado guerra contra la obesidad (Kurzer y Cooper 2011), formulación que también se encuentra con frecuencia cada día en los medios de comunicación.  Tal actitud, combinada con el enfoque mencionado en el individuo, conduce fácilmente a las imágenes de niños y personas obesas, culpables, no solo de su propio sobrepeso sino que también los hace culpables de los costos que tiene que soportar la sociedad por su culpa,  en términos de cuidado de la salud, desempleo y  disminución de la productividad (Cawley 2010). La gordura es, según la opinión generalizada y reafirmada públicamente, algo de lo que uno debería avergonzarse.

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*N. del T.: the fit one  también podría entenderse como estar delgado y en forma

Los discursos que hacen hincapié en la libertad personal y en la responsabilidad son también extremadamente influyentes en las decisiones políticas, especialmente en los EEUU (Brownell et al  2010). Bajo la influencia y estrategias de presión de la industria alimentaria se ha tejido una retórica contra cualquier intento de intervención gubernamental, que se interpreta como un ataque a la libertad individual y a la libertad de elección. Incluso,  aunque  la administración de Obama ha hecho numerosos esfuerzos para catalogar  a la obesidad como un problema de salud pública, la individualización de la responsabilidad de la propias decisiones en la vida de uno mismo,  está todavía profundamente arraigada, no sólo en los EEUU  sino también en la mayoría de los países en los que se han consolidado formas neoliberales de gobierno.

Como consecuencia de estas actitudes, las personas obesas,  a menudo, son calificadas de manera automática como perezosas, débiles de carácter  y glotonas, constituyendo un factor de riesgo para una sociedad “sana, deseable y saludable”. A pesar de la evidencia de que la obesidad es mala, “no se las arreglan” —así se argumenta—  para tener control de sí mismos. Son culpables por no poder conseguir el equilibrio adecuado entre alimentación y ejercicio,  y por no encajar en las categorías “normales” y “saludables”; o dicho de otro modo, son culpables del fracaso personal que supone el no ser capaces de controlar su cuerpo de acuerdo con las concepciones dominantes de salud, adoptando el ejemplo de un buen ciudadano consumidor y saludable. Como se ha dicho antes, este discurso genera presión sobre los individuos, les emplaza a una vigilancia constante y los  empuja a llevar una “monitorización” de ellos mismos y de sus cuerpos (Rail, Holmes, Murray 2010). En este sentido, hay auténticas “biopedagogías” en el trabajo, que  deben entenderse como la normalización y la regulación de las prácticas de “la vida misma” (Rose 2007) en diferentes instituciones y niveles de la sociedad. Dichas “biopedagogías” definen estándares de normalidad y, de este modo,  se segregan y “gestionan” los individuos en función de su situación en un marco de referencia (Harwood  2009). También existe una fuerte evidencia de que “el tamaño del cuerpo” desempeña un papel cada vez más importante en la concepción de una sociedad “normal”; se ha llegado a convertir, de este modo, en un importante fundamento de significación como categoría social, utilizándose para diferenciar a los  miembros de la sociedad. Estos fundamentos reflejan una distinción entre los grupos sociales y permiten un análisis de las estructuras de poder y de las habituales desigualdades sociales. Género, raza, clase social, sexualidad, religión, identidad nacional, discapacidad y edad son ahora significativos conceptos que deben de  ser estudiados entre sí,  puesto que pueden ser vistos como mecanismos de poder, que “co-producen” exclusión y  marginación (van Amsterdam 2013; Lykke 2011). Con esta perspectiva, se hace evidente que las categorizaciones de  tamaño corporal pueden funcionar de manera similar a proclamas  racistas, misóginas y en el establecimiento de jerarquías sociales. Puede incluso argumentarse que tener un cuerpo con grasa “anormal” es particularmente estigmatizante desde una perspectiva neoliberal del sujeto, ya que está – como se ha dicho- vinculado a un fracaso personal, característica que no se puede cambiar fácilmente.

El cuerpo, entonces, es mucho más que pura biología. Es un escenario en el que los significados sociales se manifiestan y donde se establecen y negocian identidades (Gard 2009). En este contexto, es importante tener en cuenta que el concepto de salud que se utiliza en el discurso de la obesidad es difícil de conseguir, escurridizo y esquivo . A pesar de que se presenta, con frecuencia, como un concepto científico “neutral”, se ha señalado que está sumamente cargado de prejuicios y lleno de significado cultural. La salud, a menudo,  está vinculada principalmente a un órgano específico con forma, y asociada a ideales de belleza que se entrelazan con elementos de  racismo dominante, sexista, heterosexista y de potente ideología (Rail, Holmes, Murray 2010). En consecuencia, si la gente no se ajusta al ideal de ciudadano blanco, delgado y en forma,  el concepto de salud es una poderosa herramienta para “patologizar” * a  las clases trabajadoras, a las minorías étnicas y a los pobres, y para legitimar privilegios clasistas y raciales (Azzarito 2009).

En este discurso sobre la obesidad, los niños juegan un papel importante y  se ha reconocido que la infancia es la etapa más importante en su prevención. Sin embargo, la opinión predominante atribuye sobre todo el deber a los padres, y en especial a la madre,  para asegurar que los niños tengan un tamaño corporal “normal” (Maher, Fraser, y Wright 2010). Esto, de nuevo, refleja la ideología neoliberal según la cual los ciudadanos individuales son casi exclusivamente responsables no solo de sí mismos, sino también de sus descendientes. Por supuesto, hay programas gubernamentales en muchos países que intentan reducir la obesidad infantil; sin embargo, por lo general, se centran en una limitada concepción de un cuerpo en forma y saludable, haciendo caso omiso a factores tales como la clase, la etnia, la pobreza y la cultura, que dan forma a la identidad y la autopercepción de un niño. Los niños y sus familias deberían elegir mejores opciones de nutrición y hacer más ejercicio, lo que de nuevo traslada la presión a los individuos sin tener en cuenta una visión más amplia del problema. Por eso, el trato indiferenciado de la sociedad con los niños obesos puede servir fácilmente para reforzar las limitaciones de carácter moral contra las minorías y los pobres (Campos et al. 2005, 58). Además, a menudo, se presentan imágenes en las que el ajuste ideal y saludable del cuerpo (a) no puede ser alcanzado de manera realista y (b) no se reflejan en ellas los conceptos  de belleza y salud, culturalmente aprendidos (Azzarito 2009). No nos puede sorprender que los niños no estén conformes con el ideal pretendido de  salud y belleza, ideal percibido, en muchas ocasiones, en programas para controlar la obesidad, como estresante e inductor de culpa y ansiedad (Rich y Evans 2009). Estos niños tienen el riesgo de  de avergonzarse de sí mismos,  de ver reducida su autoestima y de desarrollar o mantener trastornos alimentarios (Lowry, Sallinen, y Janicke 2007).

­­­­­­­­­­De acuerdo con estas consideraciones, es evidente que las medidas para reducir la prevalencia de la obesidad en los niños deben tener en cuenta, de manera cuidadosa, los factores socioeconómicos y culturales de una sociedad. La prevención de la obesidad no debe realizarse de acuerdo a la ideología neoliberal del mantenimiento de la condición física y de la  salud, con su estrecha relación con el individualismo, sino que deja espacio para un disfrute del cuerpo  cultural y sociológicamente establecido. Algunos de los proyectos e iniciativas muestran que este enfoque es factible y que es posible trabajar por una imagen corporal positiva para todos los niños participantes y en una reducción de los trastornos alimentarios y de los niveles de obesidad (Beausoleil 2009). Sin embargo, estas tareas deben realizarse siempre con  perspectiva social crítica esforzándose en la reducción del racismo, el sexismo y “capacitismo”*; y lo más importante, deben romper con las imágenes omnímodas de la ideología neoliberal.

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*N. del T.: en el original inglés “ableism” (to be able se puede traducir como ser capaz de)

 

  1. Conclusiones

 

En nuestro artículo, hemos argumentado que la intersección de la obesidad y la pobreza en la infancia afecta a muchas dimensiones y aspectos diferentes de la vida de los niños, y sus reivindicaciones para su crecimiento de conformidad con lo que exige la justicia. Cada niño tiene derecho a vivir en condiciones que apoyen su bienestar presente y futuro. La pobreza y la obesidad perturban estas demandas de maneras diferentes pero interrelacionadas. Ante todo, la obesidad añade serios riesgos de salud que ya están ligados a la pobreza. Además, los estigmas unidos a la obesidad, así como a la pobreza,  tienen también sorprendentes similitudes en la forma en la que excluyen, perjudican y dominan a los que no satisfacen las expectativas de “normalidad“. La investigación sobre la pobreza, que ha descuidado demasiado tiempo la manera en que esta interrumpe el bienestar psicológico y social de los niños, y se ha centrado, sobre todo, en factores fácilmente medibles tales  como los ingresos del hogar, nos presenta ahora abrumadora evidencia de que las dimensiones “internas” de la pobreza son sufridas como nocivas (Ridge 2011; Yoshikawa, Aber  y Beardslee 2012), instando a realizar investigaciones esenciales y decisivas respecto a la obesidad,  tomándola  más en serio y evitando únicamente un punto de vista médico. La vergüenza, la tristeza, el temor a ser etiquetado por ser diferente, el aislamiento, la soledad y la autopercepción de ser feo y perezoso,  pesan demasiado en las mentes y en los cuerpos de los niños, y no todos ellos tienen los recursos y capacidades para hacer frente a estas cargas. La interacción social  y la apreciación de la pobreza y de  la obesidad, amenazan su bienestar presente (well-being) y futuro (well-becoming) por lo que hay obligación social y política para intervenir, pero de manera que no se sientan perjudicados.

 

Fin del artículo

 


 

 

El complemento ideal para finalizar la lectura de este post es la visualización de este vídeo filmado en zonas deprimidas del Brasil  y realizado por María Farinha. Es un film duro que muestra el impacto de la obesidad sobre los niños y niñas de unas regiones de Brasil a las que llegan sin ningún problema por tierra, mar, río o aire, las bebidas azucaradas y los productos hiperprocesados que les enganchan y enferman sin compasión alguna. Algunas multinaciones de la industria alimentaria saben cómo acceder a cualquier poblado del planeta para aumentar las ventas de su comida basura. Hay momentos del film en los que es absolutamente imposible no llorar de rabia por la situación a la que se ven literalmente empujadas las familias pobres. Esto no solo sucede en Brasil. Esto está pasando aquí, al lado nuestro, en nuestros vecinos de escalera. En nuestras manos está el cambiar el destino de todos los que nos necesitan. Quiero agradecer a Juan Revenga la información que compartió con todos al hablar de este film en su increíble y necesario blog: El nutricionista de la general. Así mismo, también debo dar las gracias a Julio Basulto, otro gran dietista-nutricionista, que hace ya tiempo, manifestó públicamente en sus escritos,  la nula responsabilidad del niño por tener exceso de peso.

 

 

 

Comentarios:

  • Gabrielle
    octubre 6, 2016en5:11 pm

    Wow I must confess you make some very trhennact points.

  • Anonymous
    octubre 11, 2016en9:58 am

    Este artículo choca un poco con el neoliberal título ‘Tú eliges lo que comes’, en el que parece que se responsabiliza al comensal por sus elecciones dietéticas…

  • Camila Sanjur
    noviembre 22, 2016en3:15 am

    México ostenta el primer lugar en el mundo en sobrepeso y obesidad infantil. Muy preocupante, al igual que las estadísticas que señalan que los jóvenes e infantes de latinoamérica tienden a sufrir más problemas relacionados con la obesidad y todos los males que de esta se desprenden.

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